Compartimos con todos vosotros/as un artículo de Rafael Saravia publicado en el Diario de León, el autor induce a una reflexión sobre el sistema capitalista y la explotación laboral que hoy día sufre la clase trabajadora de este país. Como ya venimos repitiendo, al Gobierno de la Nación no le interesa la creación de empleo, prefieren tener un ejército de parados que vendan su fuerza de trabajo por una miseria, porque estos parados necesitan recursos económicos para subsistir. Este ejército de parados sirve a la vez al empresario para amedrentar a los trabajadores en activo arrebatándoles a éstos sus derechos con la amenaza del despido.
Necesitamos un cambio de modelo político-económico-social, construirlo con la participación ciudadana como pilares básicos y fundamentales, y con la economía al servicio de los ciudadanos/as y de la mayoría social. Cada vez son más las voces que se unen a esta corriente de cambio y reflexionan en este sentido, una muestra de ello es el artículo de Rafael Saravia:
Me levanto con el escozor en la punta de la
rabia. Me levanto con esa mala leche que le queda a uno después de haberse
acostado leyendo una noticia que escuece y preocupa más de lo que parece. La
noticia, leída de mala manera, nos da un dato halagüeño, la bajada del paro en
estos meses. La noticia, leída de manera real, con sus notas y todas sus
letras, nos deja un escalofriante dato: la explotación laboral crece como hacía
años que no se veía.
Los datos son alarmantes, jornadas de 12 horas
diarias para sueldos de 500 euros al mes. Y no hablamos de uno ni de dos casos
aislados... Hablamos de prácticas comunes en grandes empresas, teniendo hasta
un tercio de la plantilla contratada como becarios con jornadas maratonianas y
sueldos irrisorios.
Uno se retorna a épocas muy dudosas, hace 50 años
la jornada laboral media era de 48 horas semanales, hace 40 años bajó a 44 y no
hace tanto era habitual las jornadas de 35-40 horas semanales. Hoy en día,
asistimos a la fuerza del todopoderoso mercado, a la amenaza del dato
escalofriante de los cinco millones de parados para, con el miedo repleto y el
plato vacío, asumir lo que nos echen. Si nos amparamos en las propias leyes de
los mercados, la solución a esta sinrazón nos la da un intelectual de primer
orden que lleva luchando años en pro del beneficio social y en contra de la
hecatombe que el ser humano está provocando en este planeta en los últimos dos
siglos. Este hombre, el profesor Serge Latouche, nos da la clave: trabajar
menos para ganar más. Cuestión de oferta y demanda... el hecho de trabajar
tanto por tan poco lo que hace es tirar el precio del trabajo. Si trabajas más,
incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta, los salarios
bajan. Cuanto más se trabaja más se hace descender los salarios. Esta ecuación
es fácil plantearla pero muy difícil imponerla sin un marco jurídico y legal
que imponga a las grandes empresas unos límites a favor del desarrollo social.
Hace falta voluntad política para la mejora, sin duda.
Pero la teoría que defiende Latouche va más allá,
y es una más que racional propuesta de limitación del consumo incontrolado.
Decrecer, en el sentido más ecosocial de la palabra. En su libro La sociedad de
la abundancia frugal, editado por Icaria, nos dice que hay que aspirar a una
mejor calidad de vida y no a un crecimiento ilimitado del producto interior
bruto.
El Decrecimiento no es una alternativa en sí
misma, nos dice el profesor Serge... pero sí es un germen ideológico de hacia
donde deben ir unas propuestas que suplanten a las actuales normas sociales que
se rigen por el consumismo desmesurado dentro de un capitalismo que hace aguas
por todas partes.
Decrecer, replantearse hacia dónde y cómo
queremos avanzar, no es algo malo. Ir para atrás para recorrer el camino con
mayor calidad social y vital es, tal vez, un paso a favor de la vida y el
bienestar común. Tal vez, decrecer, sea evolucionar
